La Nochebuena de Victoria

Se lo había pensado mucho, algo fuerte en su interior le decía, “hazlo, hazlo”. Muchas dudas, inseguridad, temor a mostrar sus dolores.

Arrancó el coche y salió. Incluso durante la ruta dudaba, ¿se arrepentiría?

No tardó demasiado en llegar al destino. Cuando se descuidó estaba instalada. La habitación le gustó, estaba bien.

Entonces salió a caminar, visitar, recordar. No era su primera vez en Guimâraes, había estado más veces, con amigos, dos ex, ex marido, ex pareja, ésta vez sola. Pero nada de eso le producía ningún tipo de tormento, solo pensaba: ¡Que cambiada esta la ciudad!

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Buenas Fiestas, reza el cartel luminoso

Estaba llegando la Nochebuena y sorprendía ver tantas obras en curso y se percibía que otras estaban recién terminadas. La antigua capital de Portugal lucía espectacular, indubitadamente le habían aplicado un lustre que le favorecía mucho. Las obras tenían un por qué, la ciudad sería capital europea de la cultura en el año que estaba a punto de entrar.

Recorrió las calles, las plazas, comparando en su cabeza con el pasado. Llegó a la Pousada y sonrió pensando que hacía años, aquella calle solía estar llena de tendales con ropa colgada para secar.

Se sentó en una “Pastelaria”, uno de los lugares imprescindibles e imperdibles en cualquier ciudad o villa portuguesa. Los pasteles en el país vecino le parecían inenarrablemente deliciosos; no en vano los portugueses, muy golosos evitan perderse esas delicias que tan bien saben preparar.

Saboreó su par de pasteles con café; siempre le había sido imposible pedir solo uno. Victoria, en ese aspecto, tenía una vena portuguesa.

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Estaba disfrutando de aquella soledad, aunque de cuando en cuando tuviese una bola en el estómago.

Había reservado la cena de Nochebuena en el hotel, aunque temía ese momento. ¿Habría mucha gente o poca? ¿Qué tipo de gente? ¿Por qué había reservado aquella cena si habitualmente cenaba frugalmente?. ¿Se iba a sentir muy sola o rara?.

La mañana del día 24, cuando se disponía a salir de hotel, coincidió con un hombre en el ascensor. Hablaron brevemente, la típica charla informal de dos desconocidos en un ascensor, a continuación cada uno salió en diferentes direcciones.

Paseando por el centro de la ciudad donde Portugal nació, está asegurado encontrarse con todos los visitantes de paso. Hacia el mediodía se encontró en una céntrica calle con el huésped del ascensor. El se paró, conversaron un rato y la invitó a almorzar. Ella se excusó agradeciendo pero rehusando la invitación. No obstante, no parecía que él fuese de los hombres que se amilanaran con un primer no. Le preguntó: ¿ha reservado la cena de Nochebuena en el hotel?. Si, respondió ella. ¿Podemos cenar juntos? preguntó él. Ella accedió. Al menos, pensó ya tenía compañía para la cena de Nochebuena.

Se fue pensando cómo sería aquella velada con un desconocido total; en fin, se vería. Al fin y al cabo, por su trabajo estaba acostumbrada a encontrarse con gente desconocida y llegar a acuerdos, en eso era bastante buena, pero esa noche no era trabajo, sería diferente. No obstante, tampoco le dio muchas vueltas al asunto.

A las 21,30 se encontraron en la recepción del hotel. El se admiró de lo elegante que ella se había puesto. Bueno, al fin y al cabo es Nochebuena, explicó. Fue una agradable sorpresa que él le llevase un detalle. Le pareció bonito y delicado.

Abrió el regalito: ¡Oh, que preciosidad!. El respondió que lo había traído de USA, donde residía desde hacía muchos años. Se había ido a Florida y allí había progresado. Le habló de su hijo, no habló de su mujer, si es que la tenía. Victoria tampoco preguntó.

El comedor del hotel no destacaba por su alegría, tenía un aspecto un tanto lúgubre, triste, oscuro.  Había poca gente cenando. Una familia completa, abuelos, padres, hijos, quizás tíos, notoriamente serios; no parecía que se comunicasen mucho, se limitaban a cenar y no se oía más que el ruido de los cubiertos.

Era una sensación extraña, parecía un pacto de cena y punto. La sensación que desprendía aquel grupo no le gustaba nada, no era lo que se supone debe ser una Nochebuena en familia.

A pesar de que era el único hotel que disponía del servicio de cena de Nochebuena en la ciudad, no había mucha gente cenando allí. Otra pareja más allá, 4 en otra mesa y no mucho más, además de su desconocido amigo y ella.

Por no haber, ni había camareros. Habían dispuesto un bufet y un único camarero para el servicio de bebidas. Lo demás, lo hacían los huéspedes.

La conversación entre el portugués reciclado en norteamericano se animó. Le contó muchas cosas de su vida en USA, a qué se dedicaba, por qué se había ido. Parecía obvio que controlaba mucho el tema de obra pública, de lo que habló largamente.

Su hermano, que habitualmente reside en Guimâraes, se había ido a pasar las Navidades a Francia, donde vivían sus hijos y pasar aquellas fechas con ellos.

Victoria preguntó: ¿Entonces que haces solo aquí si tu familia no está?. El dijo: Aquí está una hermana que vive en un chalet fantástico, con su marido; pero curiosamente el yanqui de adopción estaba cenando con una extranjera en un hotel.

Aquí comenzó Victoria a descubrir el por qué de la invitación a comer, del interés en cenar con ella y el clima de confidencia que se creó.  Relataba el hombre: mi hermana está forrada, no tiene hijos, se dedica a amasar dinero. El había viajado para arreglar los temas hereditarios, pero la hermana le ponía todo tipo de dificultades y problemas para evitar que él se llevase el dinero que le correspondía por el fallecimiento de los padres.

Victoria, estaba cada vez más inmersa en la conversación, iba por delante, le preguntaba, ¿a que tú hermana tiene un matrimonio no feliz? El asentía y preguntaba ¿por qué lo sabes? Porque siempre es así, la gente que tiene vidas miserables se comportan de esa manera.

La española cuidaba sus palabras, no quería expresar con demasiada crudeza una situación que identificaba con facilidad.  No quería que su compañero de cena se sintiese incómodo o desbordado emocionalmente.

Después de haber ido un paso por delante durante toda la conversación, él estaba intrigado. ¿Por qué aquella mujer parecía leerle la mente?

Ella preguntó: ¿es esa la razón por la que hoy cenas aquí conmigo, teniendo a tu familia ahí al lado?.  Dolido, respondió, si , y también esa es la razón por la que mi hermano se va a Francia.

De pronto el portugués clavó su mirada en Victoria de una forma diferentea como lo había hecho hasta aquel momento y preguntó ¿Oye, tú por qué sabes todo esto? Ella sonrió dulcemente, se sintió incómoda e inquieta por un momento y lentamente respondió: porque yo estoy aquí por la misma razón que tú.

Hubo un silencio, él no esperaba esa respuesta.

Subieron juntos en el ascensor, tercer piso. Se despidieron. El dijo, te veo mañana en el desayuno. Y cada uno se recogió a su habitación.

A la mañana siguiente, escasamente había 4 personas en el comedor. El ambiente era triste, incluso deprimente. El portugués-norteamericano no estaba. Ella desayunó, recogió su equipaje y salió del hotel. De todos modos, pensó, no había más que contar.

Decidió que volvía a casa.

Victoria tenía una extraña mezcla de sensaciones. ¡ Vaya, finalmente y aunque suponía no ser la única persona engañada con una perversión sin límites por personas que se suponía la querían,  el destino la había puesto a cenar con un alma gemela en el infortunio de familias que nunca lo fueron, sólo de nombre, en la inmensa tristeza de constatar la cruda realidad que nunca lograron ver, sólo cuando ya era demasiado tarde y a través de un dolor en ocasiones insoportable y una decepción demoledora.

Antes de abandonar la ciudad, se sentó en otra “Pastelaria”, mientras degustaba otro café con un inevitable par de deliciosos dulces.

Mientras tanto el local se había convertido en una locura, decenas de personas compraban todo tipo de especialidades para celebrar la Navidad. Ella observaba y por un momento tuvo un trazo de nostalgia, de tristeza. Se suponía que aquellas personas comprando como si no hubiese un mañana, eran verdaderas familias, o quizá fingían serlo.

Hora de volver. Aquel día 25 de diciembre era precioso y soleadísimo y todo parecía hermoso e invitaba a sonreír.

Conducía por una carretera solitaria, el 99% de la población portuguesa y española estaban comiendo en familia; mientras ella disfrutaba del paisaje. No tenía prisa, nadie la esperaba.

Sobrepasó la ensenada de San Simón, ¡estaba tan hermosa!. Redujo la velocidad, todo le parecía enormemente bello y no había nadie en la carretera por quien preocuparse; sólo deseaba contemplar aquella vista que tanto le gustaba.

Aquel día se sintió libre y liberada. No importaba comer un bocata en la cafetería de la autopista. El brillante sol parecía haber salido en exclusiva para ella, ya que era la única que le hacía caso. Y así llegó a casa.

Después de lo vivido, y liberada del miedo a contar su realidad, por tanto tiempo ocultada celosamente, el hogar le pareció más hogar que nunca. Para ella un hogar era un espacio en el que nadie sobra y donde nadie traiciona, todo lo demás puro cinismo.

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Guimâraes en Navidad

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Texto y Fotos: Luisa Vázquez

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